José Jairo Alarcón: la sencillez de la sabiduría

JairoAlarcon

Por: Andrés Esteban Acosta

La idea genuina de la filosofía como amor por el saber guarda en su enunciación el difícil y hermoso presupuesto de aprender a vivir. La sencilla y compleja cotidianidad es el universo personal donde la tarea de construir existencia se actualiza una y otra vez, unas veces causándonos la impresión de que todo marcha de acuerdo con esa intención nombrada que se sostiene en el deseo de perseverancia y vitalidad –motivos que nos empujan a asumir cada día con coraje y compromiso–, y otras veces generándonos profundas angustias y envolviéndonos en ambientes donde nada podemos hacer más que aceptar la fuerza de las desilusiones. Ante lo uno y lo otro no cabe más que la aceptación con valor de que la vida es eso, un escenario donde las alegrías y los dolores persisten en medio de recuerdos, experiencias y ansias de seguir… o de amar, que para este caso resulta lo mismo.

La filosofía es pues, entre otras cosas, esencialmente la reflexión de la vida con un sentido de formación. Y aquí es donde es necesario mencionar a un hombre que encarnó ese espíritu de la filosofía, que comprendió que no se trata del estéril esfuerzo de querer comprenderlo todo para derrochar ideas que luego no aportan en la tarea de saber vivir, que no es necesario buscar el naufragio en un océano de preguntas inagotables que abruman; no se trata de eso, se trata, y esto nuestro hombre lo reconoció al considerar, en el paso inevitable del tiempo que va dejando el rastro de encantos y desencantos, de miedos y sueños, que es más digno y valeroso perseguir lo fundamental, aquello que en medio del derroche de agobio puede otorgarnos algo de tranquilidad, algo así como la sensación de que existe un refugio, por pequeño que sea, donde arrimarnos para soportarlo todo. Alguna vez, mientras bajábamos las escalas del bloque 12 le pregunté, en un momento de desencanto que me abrumaba, lo siguiente: –que pensás, profesor, de qué se trata todo esto–. Antes de dar una respuesta hizo su tradicional parada existencial, guardó silencio y luego me compartió una respuesta simple y bella: –se trata de entretener la existencia… de escaparle al absurdo–. Esto no dista de su idea del para qué de la filosofía, que compartía con su autor de cabecera, Spinoza: -la filosofía sirve para padecer menos-. Lo uno y lo otro, expresan la necesidad de vivir la filosofía, de hacer de la vida un asunto de razones que nos motiven a no rendirnos.

Nuestro hombre, aficionado a la filosofía, perseguía lo fundamental y lo entendía como lo simple que requerimos en nuestro espíritu, los argumentos que sirven para alejar la siempre amenazante soledad. Pero la soledad no se destierra totalmente, simplemente se aprende a convivir con ella, de allí la relación de nuestro personaje con el tango, música de personas que cargan conciencia de pérdida, algunas veces impuesta, otras realmente padecida. Así, entre filosofía, tango y literatura, el hombre de Manizales, o de las vertientes del páramo de Cumanday como solía decir, forjó su alma de bohemio, de peregrino y soñador, de caminante citadino que se detenía a mirar las fachadas de las casas y los edificios del ayer mientras hacía mención de su devoción por el barrio Prado, de nostálgico que ansiaba el sonido del tren que llegaba a Manizales, de buscador de restaurantes o suelitas para almorzar, del perseguidor de lo lírico –del encanto de lo trascendental– en medio de la rutina prosaica que adormece y nos hace flaquear.

La bohemia le salía legítima, y le venía bien, porque era una defensa de la vida en comunidad, de la tertulia como espacio social por excelencia para comunicar desde lo más banal hasta las ideas más profundas; por supuesto, lo que pasa es que, como él lo decía “para nosotros es indispensable una suerte compartida, que nos reconozcan”. Y lo importante para él era estar en reunión, convocados por la palabra, por la sonrisa, y claro está, por el aguardiente, acompañante de sus conversaciones y de sus introyecciones, escudero que llevaba a recordar en la conversación las andanzas de León de Greiff o de Tomás Carrasquilla, grandes mentalidades que jamás prescindieron de la copa. Su bohemia era de hombre de reflexión, de conversación y de música… de hombre bueno, de aquel que prefiere la esquinita, como la del Homero Manzi, y tiene apariencia de tranquilo, por eso del Club de los tranquilos.

Muchos eran sus lugares que le permitían desplegar la amistad. Hacer un amigo implica darse al otro y compartir el afecto del que somos capaces, es una experiencia de solidaridad, de comunicación sincera. Él tenía esa apertura de afecto, de cercanía con los demás que permitía despertar la confianza. Por ello caminar a su lado era prepararse para recibir un sinnúmero de saludos que demostraban la fraternidad que despertaba: profesor, cómo está. Maestro, un gusto saludarlo. Jairo, cómo le va. Él se tomaba el tiempo de saludar y compartir algunas palabras, porque, como bien lo pensaba una de nuestras necesidades más entrañables es la comunicación y, derivado de ello, una de las experiencias que más cuestan es la incomunicación, sentirse confinado o aislado en medio de una realidad de infinitas posibilidades.

Su lugar fundamental era la universidad, y en ella el aula. Allí era él en todas sus dimensiones: el histrionismo que desbordaba se conjugaba con la pasión con la que transmitía sus lecturas de El Quijote o de la Ética de Spinoza, entre muchos otros temas, autores y obras que sabía transmitir y llevar a su vida. También resaltaba su postura reflexiva, la tendencia de llevar la mirada al suelo, las caminadas por el salón de clases dramatizando la impresión de Sancho y don Quijote cuando se encuentran con los desaforados gigantes que resultaron siendo molinos de viento o el sufrimiento de Calisto debido a su amor por Melibea en La Celestina, sus ojos cerrados para decir de memoria un pasaje o para recitar un poema, como aquel de “La noche es una mujer desconocida” que tanto le gustaba por el tipo de deseo que allí se nombra:

Preguntó la muchacha al forastero:
—¿Por qué no pasas? En mi hogar
está encendido el fuego.

Contestó el peregrino: —Soy poeta,
sólo deseo conocer la noche.

Ella, entonces, echó cenizas sobre el fuego
y aproximó en la sombra su voz al forastero:
—¡Tócame! —dijo—. ¡Conocerás la noche!

En el aula nuestro filósofo vivía la sabiduría, llevaba a los estudiantes a plantearse las preguntas fundamentales de los textos, hablaba de la existencia como pregunta esencial, de las situaciones del día a día, se reía de sí mismo, recordaba sus desgracias, alzaba la voz para hacer énfasis en algún comentario a tener en cuenta. Todo esto era el mejor de los marcos para que el mensaje de la filosofía y la literatura se transmitiera de una manera más amable, más cercana a la sensibilidad de quien escuchaba las lecciones de alguien que sentía profunda pasión por lo que hacía.

Esa misma personalidad la reflejaba en los pasillos caminando con las manos atrás, haciendo pausa cada tanto para hablar con él mismo o para fijarse detenidamente en algún elemento del paisaje. Con su estilo defendía la lentitud que bien asumida permite el asombro, la reflexión, la contemplación, en vez de someterse al afán que todo lo vuelve polvo, que nos arrastra y nos impide detenernos a comprender qué y cómo estamos viviendo. De esta manea nos recordó que el ritmo de la sabiduría es ese, la pausa, permitirse sentir la vida y volverla pensamiento.

José Jairo Alarcón Arteaga, un maestro de la vida, otro de esos filósofos que prescindieron de la escritura, que decidieron no dejar constancia en el papel de sus ideas de mundo. La palabra hablada fue su herramienta de enseñanza, y aún más, su estilo de vida fue su obra, obra fundamentada en la sencillez y en la coherencia.

Un hombre quijotesco ha dejado de hacer su obra; su aventura ha terminado y de ella nos queda la sabiduría que dejó en los parajes recorridos, en los discursos compartidos, en la literatura de su personalidad. Sí, fue un hombre literario, un personaje –filósofo– sacado de algún lugar de La Mancha con el único afán de aprender vivir, de intentarlo una y otra vez con la humildad de quien reconoce que sobre lo fundamental –el amor, la soledad, la muerte, el dolor, la felicidad– siempre habrá qué aprender porque nunca será demasiado tarde. Así lo demostró el profesor en sus últimos meses, insistiendo en la vida, enseñando con su esfuerzo que la filosofía también debe servir para saber morir, por lo menos, para hacerlo como dice uno de sus poemas favoritos:

Que te acoja la muerte
con todos tus sueños intactos.
Al retorno de una furiosa adolescencia,
al comienzo de las vacaciones que nunca te dieron,
te distinguirá la muerte con su primer aviso.
Te abrirá los ojos a sus grandes aguas,
te iniciará en su constante brisa de otro mundo.
La muerte se confundirá con tus sueños
y en ellos reconocerá los signos
que antaño fuera dejando,
como un cazador que a su regreso
reconoce sus marcas en la brecha.

[Amén, Álvaro Mutis]

Profesor, déjeme decirle que tiene razón el tango: es un soplo la vida.

Infinitas gracias, maestro.

Julio 11 de 2018

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