¿Quiénes son pues nuestros estudiantes?

Juan Guillermo Gómez2 Por: Juan Guillermo Gómez

Como profesores ya no nos preguntamos y: ¿quiénes son pues nuestros estudiantes?, pregunta que puede guiar una discusión con el movimiento estudiantil del país[1].

Antes de dar una respuesta a los estudiantes de nuestra Universidad, desearía hacerme la pregunta: ¿quiénes son nuestros estudiantes-as de la Universidad de Antioquia? Fácilmente podríamos pensar que son jóvenes entre 17 y 23 años que ingresaron a esta institución educativa superior con grandes ilusiones y con el deseo de poder cursar una carrera universitaria que les abriera un futuro promisorio. Son jóvenes, o así lo imagino (pues carezco de las entrevistas y encuestas adecuadas) que se asomaron  a la primera edad consciente, es decir, a su primera impresión del mundo público, en los años de transición entre el gobierno de Álvaro Uribe Vélez y Juan Manuel Santos[2].

Esta primera impresión solo pudo llegar bajo el signo de la abierta confrontación, del rechazo de uno contra el otro,  en un clima de sectarismo político (por demás estéril) que no ha cejado, ni parece posible llegar a algún lado. Quienes crecieron en familias uribistas, se formaron la idea de lo político al calor de un líder deificado, solo par en su devoción con la figura infaltable del Sagrado Corazón de Jesús; quienes crecieron en familias santistas (que deben ser una minoría mínima en Medellín o Antioquia), tuvieron una experiencia extraña, difícil de asimilar o defender fuera de casa.

Si además pudiéramos tener a mano una herramienta más elaborada, sabríamos algo más de sus años de escuela, de sus imágenes de la autoridad paternal-maternal, del régimen disciplinario de sus maestros de colegio, de sus frustraciones o logros en esos años.  Es difícil que en esos años pudieran tener la oportunidad de debatir y construir un lenguaje propio y una adecuada conciencia política, en sus barrios populares, al amparo de organizaciones sociales, sindicales, barriales o incluso de reductos milicianos (aunque estos fueron eliminados oficialmente por la Operación Orión y Estrella VI, como lo ha documentado Juan Pablo Patiño recientemente).

Así que casi podríamos adivinar o suponer que nuestros estudiantes tuvieron una adolescencia, previo a su ingreso a la universidad, bajo el influjo de las creencias familiares patriarcales y religiosas más tradicionales (celebran con puntualidad ida a misa, semana santa, día de la madre, navidades, entre otros ritos de la comunidad familiar) y, al mismo tiempo, en muchos de ellos, bajo el temor de la autoridad de los combos delincuencias del barrio. También se debe suponer que, a muchos de ellos, el ícono de Pablo Escobar los acompañó, como el Ángel de la Guarda, en sus días de desasosiego y en sus noches de desvelo. Las fronteras invisibles fueron su experiencia metafísica real que supone siempre que las cosas que no se ven también existen –y fulminan. En estas condiciones tan abruptas ¿se logró reconciliar en la conciencia lo irreconciliable, a saber, la experiencia sagrado-mariana tradicional con las prácticas de brutalidad enajenadora del capital mafioso-paraestatal? Pero ¿cómo realmente fue?

Tratar de responder a ello, a estas preguntas básicas, sería un principio de diálogo inter-generacional, preguntas de las que quizá no tengamos estudios autorizados, en nuestra universidad, pero mis colegas me podrían orientarme en este misterio. Así que creo que nuestros estudiantes llegan, en general, a la universidad con una base política débil, con una educación pública precaria y sobre todo con modelos de la vida estatal y sus dirigentes perversos. No creo que crean ni en las instituciones (en el Estado liberal de derecho), ni en las personas ni en los modelos políticos (en los partidos constituidos e ideologías imperantes), sino más bien en sus redes sociales. De modo que también nosotros los profesores podemos aparecen para nuestros estudiantes como parte de una institucionalidad degradada, y hasta algunos de entre ellos nos podrán señalar como sus enemigos, de la era de jurásico temprano. Siempre tendrán la razón.

Esta imagen negativa de la vida pública, de los referentes de autoridad, de las instituciones y como resultado de la institución universitaria en conjunto, todo sumado tan negativamente, puede llevar a extremos políticos. Del desencanto a la desilusión y de la desilusión a una lucha frontal violenta y ciega, hay algunos pasos, pero siempre posibles de cruzar sin zancos. También podría ser justo al revés, en otra porción de la población estudiantil. Podremos ser los profesores modelos de resistencia intelectual, de autoridad moral. Pueden variar estas experiencias de carrera a carrera, de los primíparos a los que están en fase final de entrega de tesis. ¿Quién sabe esto? ¿Por qué se deciden nuestros estudiantes, que también se sientan a escuchar nuestras clases e incluso a someterse a nuestros absurdos métodos evaluativos, a tirar piedra, por qué se rebelan contra todo y contra todos?   

Pues porque los estudiantes no llegan como una tabula rasa, ni actúan por reacción pavloniana: se organizan muchos de ellos, forman grupos, una sociabilidad dinámica, contestataria, fluida y altamente creativa. Se politizan, en una palabra; se radicalizan, en otra. Son parte del movimiento estudiantil, participan en las asambleas y en marchas, muchas de ellas multitudinarias, protestan en la Plazoleta Barrientos, hacen pintas, tiran piedra y algunos de ellos se ponen “capucha”, no para ocultar una identidad de agentes de disturbios per se, sino como respuesta del escalamiento de un conflicto feroz que culminó criminalizando la protesta pública. No solo responden reactivamente; crean. Hay también observadores pasivos, infiltrados y ¿qué más?  

Los estudiantes no solo se politizan, están también politizados y no solo por la inmediata influencia de sus padres y redes sociales; en ellos, y esto también demanda otra indagación detenida, gravitan recuerdos y remembranzas que vienen de sus mismos orígenes, generalmente plebeyos, así que pueden identificarse con las luchas que en un pasado anterior, dos o tres generaciones antes, tuvieron abuelos, bisabuelos, sojuzgados por el mundo laboral: como artesanos, obreros, taxistas, oficinistas y/o desempleados sin rumbo. Esto les hace, potencialmente rebeldes, rodeados de un resentimiento social explicable, de una chispa de revolucionarios, que si no se llega a prender es porque todavía no aparece la ocasión. Tienen marcado en su gen social el signo de la utopía.  

Los estudiantes hacen de su existencia presente como universitarios, a aparte de recibir clases y escribir exámenes; por supuesto hacen mucho más, como hace muy poco lo escribió, con alegre lirismo fuerte, el profesor de filosofía de la Universidad de Antioquia Andrés E. Saldarriaga en “Tombos en la U”: “¿No conoce los fanzines, los murales, las peñas, las chocolatadas, las asambleas, los convites, las ocupaciones, el trabajo comunitario, la militancia de género, los encuentros de poesía, las bandas de punk y de hard core, las de hip hop y de metal, los que fuman y ven caer la tarde desde el aero mientras leen cosas raras y muy inteligentes, la gente que escribe en hojas sueltas y regala lo que escribe, los que hacen comida ancestral como política, los que cuidan y aman los animales, los que saben de plantas y de caminos en los bosques, los que hablan con las gentes de los pueblos y lloran con las historias campesinas, los grupos de lectura que sueñan con refundar la teoría y de paso la realidad, los que aprenden lenguas vivas y pequeñas que los políticos desprecian, los que hacen trueque y así llegan a conocer libros inconseguibles de anarquistas olvidados, los que quisieran quedarse toda la vida en la universidad sencillamente porque la u es una chimba, los que no quieren ser políticos porque de verdad quieren hacer algo? ¿Conoce usted todas las formas de acción de las estudiantes y los estudiantes, la estudiantada alegre y valerosa? ¿o solo ha visto un tropel y piensa que eso es todo?”[3]

Así que los estudiantes van a todo esto; traen la coca para comer, otros se la pasan el día con el tinto que les ofrecen por ahí, ni siquiera tienen para pasajiar. Afortunados, llegan en cicla. Las condiciones de pocos son solventes, la de la gran mayoría se debaten entre la precariedad y el aguante. Otros, es una minoría, están llegando en carros lujosos; algunos se prestan a tramas turbias, juegan cartas, venden sus cositas, al margen del Estatuto estudiantil, que solo se lee al momento de un posible y remoto disciplinario; hay algunos jodidísimos, porque no han de faltar. Van a clase, se meten a la biblioteca a hacer trabajos comunes, charlan, hay pilos de pilos. Hay de todo, no como en la viña del Señor, sino como en la lúgubre vendimia de un pueblo en la periferia del capitalismo globalizado.

Hoy los estudiantes se ven impelidos a denunciar a los capuchos, a confrontarse con los capuchos, a desencapuchar a los capuchos, por la simple razón que hoy se presentan a los capuchos como los responsables no solo de los disturbios violentos en las protestas sino los agentes anti-protestas. Los capuchos son los nuevos enemigos públicos de Estado, del ESMAD, de la Universidad, de las Protestas. La repetitiva enunciación de los capuchos por los medios como agentes de las violencias callejeras, papa bomba en mano, hace del capucho el nuevo hereje, el nuevo enemigo de todos. Esta caracterización etérea, pero eficaz del capucho, aúna a los energúmenos defensores del orden con los promotores más decisivos del paro, al menos de cara al chantaje mediático de rechazar al enmascarado de lana todos a una. El que no está contra el capucho está contra la democracia, la justicia; el que no se expresa contra el capucho es capucho, cómplice del capucho, en la fanática lógica evangélica, “el que no está conmigo está contra mí”[4].

Debemos contribuir como profesores, así hayamos llegado demasiado tarde (pues así lo estimo personalmente), a tejer el vínculo roto con el mundo estudiantil, con nuestros estudiantes que, al fin y al cabo, es la razón del ser profesoral. Por eso creo que la comunicación por emprender (en un país que transita por la difícil senda de la implementación de los Acuerdos de paz) debe ser una comunicación múltiple en que se llame a compartir las mismas inquietudes, en una comunicación en que se parte por el estudiante real: aquel en medio de la desgarrada sociedad colombiana y sus poco recomendables instituciones públicas, instituciones que deben ser sometidas a un escrutinio a fondo. Sin un llamado a reconocer esta crisis nación, de una nación que hace aguas por todo el casco del barco (disculpe este símil tan manido): no habrá punto de encuentro fecundo; pues, como profesores, estamos comprometidos a compartir con los estudiantes, con decidida vehemencia y con el mayor valor civil y compromiso ciudadano, a sentarnos al diálogo franco y sobre todo a un diálogo urgente.

Sigo convencido, por razones de formación filosófica y treinta años de pasión docente, que la Universidad es el Alma Mater de la nación; que la comunidad base de esta Alma Mater son los profesores y los estudiantes; que la inteligencia universitaria, que surge de esta comunidad (la más indispensable de las comunidades sociales hoy), está en la responsabilidad de luchar por las libertades más inverosímiles, la justicia y la concordia social y política; que compartimos una larga historia latinoamericana, que engrandece y dignifica la tarea modesta y discreta del trabajo docente, del dictar clase que, para mí personalmente, constituye el momento más sagrado e indeclinable de mi existencia.

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[1] Los siguientes párrafos me fueron inspirados, tras la lectura del artículo de Juan Camilo Portela “Contienda política estudiantil. Apuntes desde la Universidad de Antioquia” publicado en Universidad y conflicto. Memorias por Wilmer Martínez Márquez y Adriana González Gil. Universidad de Antioquia. Medellín, 2015.

[2] El final del siglo XX y principios del siglo XIX fueron particularmente violentos para el campus universitario, con asesinatos de estudiantes como Diego Arcila y Gustavo Marulanda y profesores como Hernán Henao, directas acusaciones públicas de infiltraciones de las FARC, por medio de becas y subsidio a estudiantes, y presencia paramilitar. Cfr. Universidades bajo S.O.S.pecha de Miguel Ángel Beltrán, María Ruiz Aranguren y Jorge Enrique Freytter-Florián. Universidad Nacional de Colombia. Bogotá, 2019. Págs. 68-77.

[3] Hoy el colega Andrés Saldarriaga se encuentra amenazado de muerte por unas exultantes páginas que no se leían hace tiempo así de valientes.

[4] Este fue el tono violento con que, el pasado 25 de febrero, increpó la alcaldesa de Bogotá Claudia López al representante estudiantil de la Universidad Distrital, instándole a que denunciara a los capuchos, pues de lo contrario era cómplice de sus acciones vandálicas. La alcaldesa confundió la representación estudiantil con una agencia de delación al servicio de su política de criminalización de la protesta social.    

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